Hace unos días el diario El Mundo publicaba una noticia revelando las conclusiones que el fonólogo y misionero Daniel Everett ha publicado sobre la extraña lengua de los Piraha, una remota tribu del amazonas. En el artículo se dicen cosas tan sorprendentes como las siguientes:
Sin números, sin pronombres, sin colores, sin tiempos verbales, sin oraciones subordinadas y con sólo ocho consonantes
El debate suscitado por el estudio radica en la relación entre el pensamiento y el lenguaje. La rareza y la simplificación de la lengua de esta tribu ha llamado la atención de la comunidad científica, y pronto han surgido voces discrepantes -las más sonadas han sido las de los discípulos de Noam Chomsky- que cuestionan las conclusiones del estudio.
De todas formas, esta discusión se basa en el milenario problema de las relaciones del pensamiento y el lenguaje. Desde los griegos, por lo menos, se han ofrecido teorías diversas sobre el tema, que podemos dividir en dos bandos antagónicos (aunque en realidad no lo son tanto): dualistas –distinción clara entre pensamiento y lenguaje– y monistas –unificación de dos actividades complementarias–. ¿Qué surge antes, el pensamiento o el lenguaje? ¿En qué medida el segundo constriñe las ilimitadas potencialidades del primero? De la inefabilidad del lenguaje ya hablaron Platón y Atristóteles y es un motivo muy poético, muy presente en Bécquer, por ejemplo.
La polémica suscitada por el estudio de esta peculiar tribu recuerda el debate desatado por la “Hipótesis Sapir-Whorf” (también conocida como “Principio del Relativismo Lingüístico). Los antropólogos Edward Sapir y Benjamin L. Whorf (continuando la labor iniciada por su maestro F. Boas) estudiaron las relaciones entre lenguaje y visión del mundo (cultura) centrándose en extrañas lenguas amerindias. De sus conclusiones podemos admitir que toda comunidad de habla refleja en su lengua los referentes de que dispone (así se explicaría las distintas clasificaciones del color –ya sabéis, aquello de que los esquimales tienen no-sé-cuantas palabras para designar la nieve). Es más discutible asumir el relativismo lingüístico, según el cual nuestra concepción del mundo está condicionada por la lengua (es decir, dar la vuelta a lo anterior), que actuaría como un filtro mediante el que percibir la realidad. Según esto, cada comunidad de habla percibirá su entorno de una manera diferente, dependiendo del tipo de lengua. A pesar del posible atractivo de esta teoría, me parece una peligrosa hipótesis poco demostrable que puede conducir al etnocentrismo. (Sobre este tema os recomiendo el estupendo librito de Jesús Tusón, El Llenguatge [Barcelona, Empúries, 1994], especialmente el cap. “Les llengüesi les cultures”).
Si aplicamos lo dicho al problema de la tribu Pirahã, podemos matizar el alcance del decubrimento de Everett. El hecho de que la lengua de los Piraha no refleje algunas estructuras gramaticales mayoritarias en las lengus conocidas no significa que la de esta comunidad sea menos adecuado para los fines con los que se ha creado, esto es, comunicarse. Los miembros de esta tribu no son menos inteligentes por no disponer de números ni se aproximan más a los animales (¡no disponen de historia!) por no disponer de una conjugación verbal compleja; esto sería aceptar el relativismo lingüístico: su lenguaje les condiciona la percepción del mundo. Lo que sucede es que en su entorno y en su sistema social no son necesarias (no son pertinentes en el sistema) tales estructuras lingüísticas, por lo menos en un grado de complejidad similar a las lenguas más extendidas.
Seguramente nuestros amigos pirañas cuentan de memoria más rápido (si aceptamos el dualismo pensamiento-lenguaje) que el avezado misionero fonólogo. ¡Seguro que es de letras...!